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HISTORIA DE AMOR

Es tan antigua ésta historia que puede que no sea verdadera. De todos modos, como es muy bonita os la contaré:

Como os decía, en tiempos ya muy lejanos, y en un país remoto, vivía un apuesto joven llamado Samir, que se había acercado a la ciudad tratando de buscar el modo de remediar la pobreza de la familia a que pertenecía con su trabajo. Paseaba por el bullicioso mercado intentando que alguien lo contratara, cuando de pronto, oyó unas voces autoritarias que exigían, con brusca energía, que las gentes abrieran paso a un lujoso séquito, que custodiaban a un reluciente y engalano palanquín, en cuyo interior se encontraba una bellísima joven muchacha, que no era otra que la princesa, hija del rey de aquella comarca.

Aquellas humildes gentes, rápidamente formaron respetuosas filas a ambos lados de la calle, contemplando curiosos y admirados el paso de la pomposa comitiva.

Cuando la princesa llegó a la altura de Samir, posó sus preciosos ojos negros en el joven, a la vez que esbozaba una tenue sonrisa. Esto provocó en Samir una profunda turbación que le recorrió todo el cuerpo y su corazón se aceleró como nunca jamás le había ocurrido.

Pasaban los días y Samir no podía dejar de pensar en la princesa ni un solo instante. Tanto fue así que, en contra del consejo de todos sus allegados, tomó la firme decisión de intentar entrar en el palacio para poder volver a contemplar el rostro de aquella joven, que le había cautivado por entero su corazón.

Una mañana, sin que nadie pudiera hacerlo desistir, comenzó a escalar los enormes muros que circundaban el palacio, hasta que consiguió adentrarse en el recinto, dirigiéndose presuroso hacia donde intuía que podrían estar los aposentos de la princesa.

No tuvo fortuna. Pronto fue detectado por los guardias del palacio que lo apresaron de inmediato.

Considerado un criminal, por entrar en lugares terminantemente prohibidos al pueblo, fue fatalmente condenado a muerte.

Llegó el día de la ejecución que, como era costumbre para ejemplarizar, se hacían en plazas públicas presididas por el rey y todas las autoridades. También, a la derecha del rey, se encontraba su hija, la hermosa princesa.

Pronto Samir descubrió la presencia de la muchacha y, a pesar de las nefastas circunstancias, la miraba sintiendo la misma turbación que sintió en aquel su primer encuentro.

La ley concedía al reo una última voluntad, y así se lo hizo saber el verdugo a su condenado antes de ejecutarlo. Samir miró pausadamente la multitud que allí se había congregado y descubrió que una vendedora de flores portaba un precioso ramillete de frescas rosas. “Deseo que el ramo de rosas que porta esa mujer le sea entregado inmediatamente a la princesa”, dijo Samir con voz serena y decidida.

De inmediato, los guardias entregaron el ramo de rosas a la princesa, cumpliendo la última voluntad del reo.

Conmovida e impresionada, la princesa pidió que trajeran al condenado ante su presencia. Cuando lo tuvo ante sí le preguntó: ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué estando condenado a muerte, me regalas flores? “Majestad, le contestó Samir, he cometido un delito y acepto mi destino, pero no he asaltado el palacio para hacer daño a nadie. Tan solo pretendía colmar mi anhelo, volviendo a contemplar vuestro maravilloso rostro del que me he profundamente enamorado desde el día en que, por casualidad, os ví en el mercado. Por eso, mi último deseo era manifestaros, con la hermosura de las rosas, el sentimiento que por vos hay en mi corazón”.

Profundamente enternecida por las palabras de Samir, la princesa pidió a su padre, el rey, que indultara al joven y lo tomara al servicio del palacio, con el cometido de cultivar en sus jardines rosas tan hermosas como las que le había entregado, y que todos los días le llevara un frondoso ramo a sus aposentos.

Lo que sucedió más adelante… os lo contaré otro día. Lo que si os puedo decir es que, desde entonces, las rosas han quedado como símbolo del verdadero amor.

¿Hace mucho que no regalas rosas a nadie? Vale, pues nos vemos en la floristería…! EDU.